Por Diego von Vacano, Enviado Especial en Monterrey, México para Deporte Gráfico MD
MEXICO –Monterrey fue testigo de una paradoja futbolística: Bolivia jugó su mejor partido en años, pero se fue con las manos vacías. Irak, sin hacer mucho ruido durante gran parte del encuentro, apareció en los momentos justos para recordarle a ‘La Verde’ que el fútbol no se trata solo de lucirse, sino de ser efectivo. Y vaya que la selección boliviana lució.

Tocaron, asociaron, presionaron. Por momentos parecía que el fantasma de la altura no era necesario para que Bolivia desplegara su mejor versión. El mediocampo funcionó con una fluidez inédita, las transiciones fueron rápidas y el control del balón fue abrumador. Pero el marcador no entendía de merecimientos. El cero se mantuvo, y con cada minuto que pasaba sin gol, la ansiedad comenzaba a teñir el buen juego.

Hasta que llegó el golpe. Dos errores, dos nombres propios: Villamil y Morales. El primero, tan confiable durante toda la eliminatoria, falló en una cobertura básica. El segundo, dormido en la marca, permitió que Irak sellara su pase. No fueron fallos por falta de entrega, sino por falta de malicia. En partidos así, un segundo de distracción es una eternidad.

Irak, en cambio, fue quirúrgico. Durante 70 minutos pareció un equipo sin ambición, pero en el área rival se transformó. Cada contragolpe fue un puñal, cada definición una muestra de categoría. Los iraquíes entendieron algo que Bolivia aún no termina de aprender: la calidad en los momentos decisivos pesa más que el dominio estéril.
Pero si algo añadió más drama a la noche regiomontana fue el apoyo inesperado. Las gradas del estadio, que se esperaban neutrales, se tiñeron de simpatía por Irak. Decenas de aficionados mexicanos —quizás por afinidades culturales, quizás por un inexplicable desaire— corearon los goles asiáticos con fervor. Para los pocos bolivianos presentes, fue un baldazo de agua fría. No hubo hermandad latina. Hubo indiferencia, cuando no abierto apoyo al rival, y falta de solidaridad latinoamericana.

El pitazo final trajo consigo un recuerdo amargo: 1994. Aquella tarde en Estados Unidos, Bolivia debutó en el Mundial con la ilusión de una generación dorada. Pero el destino fue cruel: Marco Antonio Etcheverry, el mejor jugador boliviano de su historia, vio la tarjeta roja ante Alemania tras una dura entrada que empañó su estrellato mundialista. Sin su conductor, la Verde perdió el rumbo. Hoy, treinta y dos años después, la historia no se repite igual, pero el sabor es parecido. En 1994 fue la expulsión de un genio; hoy fueron los errores en la defensa. En ambos casos, Bolivia se quedó con las ganas.

Sin embargo, no todo es lamento. Quien tuvo ojos para ver más allá del marcador, notó algo distinto en esta selección. La mayoría de los jugadores que deslumbraron en Monterrey son jóvenes. Veinteañeros con técnica, personalidad y futuro. No jugaron con el miedo que paralizó a otras generaciones. Jugaron con el pecho y con los pies. Por eso, aunque la derrota duele hoy, las esperanzas se proyectan hacia mañana.

La próxima Copa América será el primer gran examen para este grupo en maduración. Y si el crecimiento continúa, Bolivia puede llegar al Mundial 2030 —centenario de la primera Copa del Mundo— con una generación en su punto exacto: ni demasiado verde ni demasiado vieja. Con experiencia adquirida en estas batallas, pero con la frescura que solo dan los años.

Porque el fútbol boliviano ha sido un eterno “casi”. Casi se juega bien, casi se gana, casi se vuelve a un Mundial. Pero esta vez, el “casi” tiene una diferencia: tiene edad, tiene proyección y tiene futuro. Monterrey fue un final doloroso, sí. Pero también puede ser el comienzo de algo grande. Lamento boliviano por ahora. Esperanza boliviana para lo que viene, en momentos difíciles para el país.