Por Diego von Vacano, Deporte Gráfico MD
EAST RUTHERFORD, NJ –El pitazo final en el MetLife Stadium ante 80,663 espectadores vestidos de oro, fue un réquiem para un sueño. Cuando Neymar, Jr. cayó de rodillas, con lágrimas corriendo por su rostro, no solo lloraba por una eliminación mundialista; lloraba por la muerte del ‘Jogo Bonito’. La derrota por 2-1 ante Noruega no fue meramente un fracaso táctico; fue una traición cultural, que confirmó que la actual selección brasileña es un fantasma de su glorioso pasado, habiendo cambiado la fantasía por una “Samba Catenaccio” sin alma bajo el mando de Carlo Ancelotti.

Para quienes recuerdan al equipo de 1982 —la artistry de Zico, la inteligencia de Sócrates, el desborde de Éder y Júnior— este Brasil es una abominación. Pero la herida es aún más profunda si miramos hacia atrás, hacia las verdaderas raíces del futebol-arte. ¿Qué dirían Pelé, Rivelino y Tostão de esta versión mecanizada de la Canarinha? Aquel equipo de 1970 no solo ganó el Mundial; lo ganó bailando, con una fluidez y una comprensión del espacio que parecía sobrenatural. Tostão cayendo al mediocampo para tejer el juego, Rivelino sacudiendo la pelota con su zurda mágica, y Pelé, el Rey, elevando todo a la categoría de poesía. Ellos no necesitaban un sistema rígido; su sistema era la intuición compartida, la alegría de tocar y moverse al ritmo de una samba que solo ellos escuchaban.

Y antes de ellos, Garrincha, el “Ángel de piernas torcidas”, que en los años 60 desafiaba toda lógica táctica con su regate imposible y su sonrisa eterna. Garrincha era la fantasía hecha carne, un jugador que podía humillar a tres defensores en un metro cuadrado y salir riendo. Él representaba el alma más pura del fútbol brasileño: aquella que no se entrena, que nace en los potreros y en las playas de Copacabana. Esa alma, ese “jeitinho” criollo, ha sido desterrada del equipo actual.

La Canarinha del pasado se construyó sobre los cimientos del “futebol-arte»”, donde la creatividad y la imaginación eran tan vitales como los goles. Ellos encarnaban un amor por la camiseta que se expresaba a través de la alegría. Incluso los planteles de 1994 y 2002, aunque más pragmáticos, conservaban esa chispa a través de jugadores como Romário, Bebeto, Rivaldo, Ronaldinho y Ronaldo Nazário. Jugaban con un descaro que decía: “Les ganaremos, pero también bailaremos mientras lo hacemos”. Ronaldinho, en particular, era el heredero directo de Garrincha: un malabarista que convertía el césped en un circo y el marcador en una anécdota.

Compárese eso con la versión de 2026. Bajo Ancelotti, Brasil se ha convertido en un equipo desprovisto de fantasía, construido sobre la disciplina colectiva y la presión pragmática. Las estadísticas cuentan una historia condenatoria: ante Noruega, si bien dominaron la posesión y generaron ocasiones, parecían una imitación europea, carente de la brillantez individual necesaria para romper una defensa obstinada. Como han señalado los críticos, “Brasil es fiesta, es alegría”, sin embargo, este equipo se caracteriza por un estilo “pragmático” y «poco convincente» que traiciona su herencia. El “Juego Bonito” ha sido reemplazado por un sistema que exige solidez defensiva por encima de todo. Ya no hay un Rivelino que sacuda el travesaño desde cuarenta metros, ni un Garrincha que desborde por la derecha solo para divertirse. Hay autómatas corriendo en líneas rectas.

La ironía es que el proyecto de Ancelotti —el primer entrenador extranjero en la historia de Brasil— tenía como objetivo traer una mentalidad ganadora, pero en su lugar ha erosionado la identidad nacional. Su estilo suele describirse como una mezcla de talento y táctica, pero ante Noruega el talento brilló por su ausencia y las tácticas resultaron contundentes. Al equipo le falta el talento de primer nivel del pasado; aunque tiene obreros y jugadores de sistema, cada vez carece más de “talento de máxima categoría” al nivel de sus leyendas. Vinícius Jr. es un fenómeno, pero no puede cargar solo con el peso de toda una generación. La dependencia del equipo en un Casemiro en declive y un Neymar en decadencia —a quien Ancelotti convocó más para acallar ruidos que para inspirar una revolución— demuestra que el equipo vive en el pasado, incapaz de forjar un futuro.

Las lágrimas de Neymar al final fueron la acusación poética y definitiva de esta nueva era. Él es el último eslabón vivo con el Jogo Bonito de 2002, y quizás el último que entendió que la camiseta verdeamarela pesa más que cualquier esquema táctico. Cuando se arrodilló en el césped, se sintió como si no solo estuviera de luto por la pérdida de otro Mundial, sino que reconocía que su generación era el capítulo final de una historia hermosa que comenzó con Garrincha, que tuvo su cima en 1970 y su canto de cisne en 2002. En 2026, la Verdeamarela no juega al fútbol; meramente compite. Ya no hay “futebol malandro”, ni gambetas, ni sombreros, ni caños. Ya no hay ese instinto de bailar con la pelota que hacía único al fútbol brasileño.

Y al traicionar sus raíces en aras del pragmatismo, Brasil ha perdido lo que lo convertía en el rey indiscutible del Juego Bonito. La samba se ha detenido, y el silencio es ensordecedor. Mientras Noruega celebraba, lo que yacía muerto en el césped no era solo un sueño mundialista, sino la propia identidad de un país que un día enseñó al mundo que el fútbol podía ser arte.
